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    Sergio González Levet

    Sin tacto

    Ya son varias las personas que me han dicho que durante la cuarentena han encontrado que la lectura es una gran forma de entretenimiento y se muestran entusiastas con las joyas innumerables que ofrece la literatura universal de todos los tiempos.

    Algunos me han confesado que les resultó difícil, por ejemplo, seguir la historia de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, en su versión económica y muy cumplida de la Colección Sepan cuántos… de Porrúa, que tiene un prólogo/estudio imperdible del venezolano Arturo Uslar Pietri.

    Y sí, meterse como lector primerizo con don Miguel de Cervantes y Saavedra puede resultar tedioso, porque se necesita cierta práctica y alguna información cultural para entrarle a la locura venturosa de don Alonso Quijada y su fiel escudero Sancho Panza.

    Pero hay otros autores que se dejan leer a la primera y que en realidad capturan el interés, como Julio Verne (20 mil leguas de viaje submarino, De la Tierra a la Luna, Viaje al centro de la tierra, La isla misteriosa, Miguel Strogoff, La vuelta al mundo en 80 días), Emilio Salgari (Los tigres de Malasia, Sandokan el magnífico, El corsario negro), Arthur Conan Doyle (toda la saga de Sherlock Holmes).

    De literatura originalmente en español hay una vastísima oferta. Recomiendo a Jorge Luis Borges, que con todo y su culteranismo se deja leer bastante bien. El maestro argentino escribió textos breves, cuentos y poesías, que se disfrutan bastante.

    Don Mario Vargas Llosa tiene dos novelas de corte humorístico que son realmente divertidas: Pantaleón y las visitadoras, y La tía Julia y el escribidor, y para los serios es sorprendente su epopeya La guerra del fin del mundo.

    ¿Mexicanos? Claro: Los libros de cuentos de Carlos Fuentes, las divertidas narraciones de los autores de La Onda: José Agustín (De perfil), Gustavo Sainz (Gazapo), Parménides García Saldaña (Pasto verde).

    Ahora, que no hay autor más recreativo que Jorge Ibargüengoitia (Estas ruinas que ves, Las muertas, Dos crímenes, Los relámpagos de agosto, Maten al león, Los pasos de López). Leer a Ibargüen es morirse de la alegría, llorar de risa. Posee un humor cáustico y llano que despliega desde una visión muy divertida de la vida.

    Y también gran humorista es don Juan José Arreola, el otro orgullo de Zapotlán, Jalisco (el primero es José Clemente Orozco). Su novela La feria no tiene pierde, con su festivo repaso sobre la vida y milagros de un pueblo mexicano.

    No hay que dejar de lado a Juan Rulfo: sus cuentos de El llano en llamas en principio, y ya más metidos en su estilo, su novela cumbre y cumbre de la literatura mexicana: Pedro Páramo.

    Son recomendables también los novelistas europeos del XIX, porque escribían sus obras en folletines de entrega semanal, así que durante toda la trama siempre están ocurriendo cosas interesantes, como pasa con las telenovelas, para mantener el interés del autor.

    En fin, este breve y somero repaso es solamente un consejo lector hecho con la mejor intención y con la esperanza de que sirva a alguna mente aburrida por la inacción y el encierro.

    sglevet@gmail.com

     

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