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    Tlacuaches A

    Salvador Muñoz

    Los Políticos

    La salida de Nina, como siempre, es estrepitosa, y se enfila hacia los prados que hay enfrente de donde vivimos, para encontrarse de golpe con un gato que, sorprendido, se enfurruña todo, lo que provoca que la Can-hija piense que quiere jugar con ella e inicia un concierto de gruñidos y ladridos que una niña, desde la ventana de un segundo piso, los califica al grito de “¡perro malo! ¡perro malo!”

    Llamo a Nina y emprendemos el camino a nuestra vuelta por el parque mientras dejamos atrás a un gato todo esponjado y una niña con el ceño fruncido…

    Los encuentros con felinos por la casa son lo más habitual que tenemos Nina y yo, pero este viernes por la mañana, cuando aún ni siquiera se asomaba un rayito de sol, tanto Nina como Nicko (el Gat-hijo) se toparon con otro personaje…

    Nicko, el Amarillo, como también lo llama una amiga de la Mujer (aunque yo lo veo más naranja), creo que se siente perro. Esta disociación quizás se deba a la compañía que se hacen él y Nina, y sospecho de esa doble personalidad, porque en cuanto ve a un minino, sea macho, hembra, chiquito o grandote, Nicko sale como rayo tras él como queriendo pelear, lo que me lleva a pedirle a Nina que lo siga y lo controle, cortándole el camino.

    Pues ayer, creí que pasaba lo mismo, porque de repente, ¡zaz! Nicko salió corriendo pero en esta ocasión, sorprendió a Nina que echaba ojo a un perro que paseaba por unos matorrales, y a mí, que cuidaba que ella no se fuera a ir por otro rumbo. Empecé a rodear un edificio y no encontraba a Nicko y Nina hacía como que lo venteaba pero sin resultados. Al rodear un tercer edificio, lo encontré sentado pero ensimismado en un punto a tal grado que ni siquiera se inmutó cuando me acerqué a dos metros y Nina se puso a su lado… él tenía puesta la mira cerca de los matorrales… ¡una rata! pensé, pues apenas dos días antes, nos topamos con un roedor muerto en nuestro camino… pero no, al activar la lámpara del celular, a menos de 40 centímetros de Nicko, un joven tlacuache mantenía la misma actitud que Nicko: ¡inmóvil!, que tampoco hizo caso a la presencia de Nina como a la mía… no quise moverme porque dos pensamientos rápidos surcaron mi cabeza en ese momento: a) si me acerco, puedo ser el reactivo que requiere Nicko para brincar sobre el marsupial; b) y los ocho tlacuachitos que no tiene mucho, han sido rescatados en el Congreso.

    No sé si lo sepan, pero a principios de septiembre, la diputada Daniela Griego comentaba que un tlacuache había aparecido en su oficina. Ella esperaba que el animalito hubiera llegado por sus propias patas a su recinto, aunque dejó espacio a la sospecha de que algún ojete la hubiera querido espantar dejándole al peludillo en su cubículo.

    Bueno, la Conspiración Tlacuache se vino abajo con el rescate paulatino que se ha dado en diferentes oficinas del Congreso local de varias zarigüeyas. Lo curioso es que quienes han venido a hacer esta labor de rescate, ha sido un grupo de mujeres que, ante el temor de que la ignorancia haga de las suyas, llevan desde cubetas, transportadoras felinas y hasta a mano, para ir por los marsupiales que, de acuerdo a la cantidad recabada y el tamaño, hay la sospecha que sean parte de una camada que abandonó el lomo de la madre.

    En el Congreso local hay una comunidad felina que poco a poco han ido esterilizando para evitar su reproducción y aun con ello, hace poco hubo la sospecha de que por allí, algún “oficioso” tuvo a bien “desaparecer” mininos… en el caso de los tlacuaches la cosa es diferente…

    Si bien, las atribuciones de las autoridades administrativas es seguro que no contemplen “fauna” y sí “Jardines” en los prados del Palacio de Encanto, se debe observar que estos animalitos ya están “invadiendo” el espacio humano y por lo tanto, se requiere acciones, pero no en contra de ellos, sino de equilibrio, pues al final, el “invasor” de su hábitat seguimos siendo los humanos.

    No se pide que las autoridades administrativas del Congreso local hagan un departamento que atienda y resuelva (no elimine) los casos de fauna, pero sí que interactúe con las autoridades encargadas (o que deberían de hacerlo) del medio ambiente o del cuidado animal. Y si bien es cierto que se han hecho leyes en pro de la fauna tanto doméstica, como de trabajo, “diversión” y salvaje, seguimos estando en pañales al respecto, ante la carencia de personal y por ende, hasta de infraestructura para ello.

    En la anterior administración, la de Américo Zúñiga, recuerdo que se rescató a un grupo de tlacuaches y los mismos eran llevados durante las pasarelas de adopción canina, para explicar a niños, jóvenes y adultos el papel que las zarigüeyas realizaban en el medio ambiente… ahora, un biólogo que labora o vive Banderilla, se traslada para recoger a los tlacuaches que han sido rescatados en el Congreso local. El biólogo los checa, los alimenta y cuando alcancen una edad o se recuperen de sus males (uno fue salvado de morir a escobazos porque un vecino del Congreso lo atacó), serán puestos en libertad en el bosque.

    Ojalá las autoridades locales y las estatales que tengan que ver con el medio ambiente, participen más en campo que en escritorio. Como invasores, creo que se lo debemos no sólo a los tlacuaches, sino a muchas otras especies…

    Pero les contaba de Nicko y su encuentro con el pequeño tlacuache. Cuando vi que ninguno de los dos se movía, y Nina no tenía intención alguna de atacarlo, me acerqué a mi Gat-hijo, lo cargué y le dije a Nina que me siguiera, dejando al joven marsupial en ese prado. Más tarde, desde el tercer piso, Nicko y yo observamos el paso del tlacuachito por la jardinera del edificio… es curioso, pero creo que Nicko es antes capaz de enfrascarse en una bronca con un gato que intentar atacar a un tlacuache… Nina ni lo uno ni lo otro… ella es una perra chabacana que sólo quiere hacer amigos.

    ¡Ah! pero les concluyo en qué quedó aquella ocasión, cuando la niña del segundo piso le dijo “¡Perro malo! ¡perro malo!” a Nina. Pues no bien dimos la vuelta al parque, ya a punto de cerrar nuestro circuito, me topé con el mismo gato, pero transformado… los ojos, aguzados; las orejas, hacia atrás; y su caminar, triunfante… si la niña de ese segundo piso lo hubiera visto, es seguro que hubiera gritado “¡Gato malo! ¡gato malo!”… llevaba en el hocico a un pequeño pajarito.

     

    smcainito@gmail.com

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