Destacado

    Jorge Vázquez Sangabriel

    Palimpsesto
    Mundo trazado de misterio, delirio del paraíso perdido, que deshace una parte de a quienes les habitan las inseguridades. Se es muchas personas en un solo día, con diferentes rostros; o se es nada, nada y nadie o muchos a la ves; es igual, dudas que nacen a partir del temor, de lo incierto, de la psique, es la conducta que refleja el interior; los seres humanos necesitan de fortalezas porque lo más que les acongoja, son debilidades; éstas o las otras, se van condicionando con secretos bien guardados en el pudor del ser.
    Eclizerio, despertaba esa mañana, se incorporó, sentado en la cama se masajeaba la cara con la palma de ambas manos; buscó las sandalias con los pies, el primer pie que habría de calzar, era el pie derecho, esto según su creencia haría que durante el día las cosas y los asuntos salieran del todo bien. Se duchó, pasó varias veces el peine negro por su cabello, miraba su rostro en el espejo; vestido aún con la piyama, se encamino al desayunador, la fruta se encontraba servida en un plato blanco; papaya y plátano Roatán maduros, así le gusta. Reina, la señora cocinera, le pregunta por costumbre, que si querrá el té, si las dos claras de huevo o sólo una, si las quería con espinacas; Eclizerio contesta con un ligero movimiento de cabeza; dos tortillas, sólo dos tortillas de maíz, recién hechas a mano, no más, ni proponerle más, conocía de muchos años la asistente el ritual de Eclizerio, le conocía, incluso con los pasos al andar, sabía su estado de humor. Esa mañana, habían sido pasos ligeros, no fuertes, ni de prisa, poco perceptibles, señal de que había cierta tranquilidad en él, y que no era conveniente hacer demasiadas preguntas que le incomodaran y le alteraran el ánimo. El desayuno, la misma cantidad siempre, nunca de más ni de menos, porque se desconcertaría, dudaría, con la consecuente pregunta adusta, y la exigencia amable de que se le diera la cantidad que ha sido. Si la cantidad no fuera la adecuada, conocía Reina, que de momento no habría llamada de atención enérgica, pero más tarde, o al otro día, o días, cualquier motivo sería suficiente para la sospecha, la duda y el reclamo silencioso. Siempre la misma cantidad de claras, la misma cantidad de espinacas, el mismo plato, tenedor y cubierto; la misma taza, medidas lo tenía Eclizerio. Mientras masticaba, echaba una mirada rápida al recipiente de té ya colocado en la mesa. Comía pausadamente, sin hablar, en silencio, con la mirada acuciosa aparentemente relajada, observaba a la señora Reina, ella, lo sabía, por eso procuraba el mismo ritual de atención, la acostumbrada manera de colocar la loza y los utensilios en la mesa. Entre tanto él masticaba los alimentos con parsimonia, ella, lavaba los trastos en la cocineta metálica. Calculado el tiempo en que desayunaba, a punto de terminar, le preguntaba con las manos enjabonadas, sosteniendo algún trasto, que si el señor quería algo más, de lo cual ninguna palabra y gesto alguno, obtenía como respuesta. Como era costumbre, Eclizerio daba por concluido el desayuno moviendo la mano diestra hacia la derecha, con los dedos extendidos, ligeramente hacía un discreto movimiento,
    manifestación esta de terminado, que la asistente alcanzaba a ver de reojo volviendo ligeramente la cabeza hacia él, sin dejar de hacer ruido con los trastos, aguzando oídos y vista.
    Eclizerio se incorporó, dirigiéndose nuevamente hacia el baño en donde cepilló los dientes y enjuagó la boca; la ropa estaba ya colocada sobre la amplia cama; empezó a vestirse; primero el pantalón, azul marino, de fina lana tropical, luego la camisa, azul clara con discretas y delgadísimas líneas de color amarillo, calcetines de algodón azules a tono con el pantalón; los cómodos mocasines negros, primero el derecho para que el día resultará provechoso y bien. Por el pasillo, tomó de un perchero uno de los sacos, el de color café claro, haciendo un alto para ponérselo.
    Reina le miraba discretamente desde el umbral de la puerta de la cocina que le permitía observarle en el pasillo interior; Eclizerio, pasó cerca de ella, empezando a descender los escalones de mármol que conducen hacia los espacios de abajo de la casa. A manera de pregunta, Reina musitó: ¿Ya se va usted señor?.., por toda respuesta, obtuvo una mueca de sonrisa de incomodidad.
    Mirándole descender los escalones, Reina tuvo un espontáneo y profundo suspiro de alivio…

    Sintácticas
    En la película rusa: Richard Sorge. El Maestro del Espionaje:
    Del Embajador de Alemania en Tokio Eugen Ott (1938-1942), a su leal asistente: La vida es extraña Günter, no te deja descansar…Cuando estás en la cima, de repente la tierra se desmorona bajo tus pies y es el infierno…Hace un segundo estabas bien y, luego de repente las personas más cercanas te traicionan…
    De la película estadounidense Cuando habla el corazón, basada en el libro de la escritora canadiense Jannete Oke:
    A veces la vida hace que una persona siga su propio camino, reciben una misión más grande…y esa misión se convierte en lo más importante de sus vidas…Las personas que sienten temor no hacen nada en la vida…salvo negarse a sí mismas la posibilidad de ser felices…
    De Jevs:
    ¿Qué desde cuando escribo? Desde que aprendía a escribir…escribo lo que se estructura en mis pensamientos…es un impulso instintivo…en cualquier momento en cualquier lugar…fluyen las ideas y los hechos entrelazados, eslabonados, uno tras otro…es entonces que escribo…tengo que hacerlo rápido, porque en el pensamiento se agolpan y galopan las ideas, sobre todo cuando camino…No tengo problema para escribir…El problema es, que pocos entienden lo que escribo…
    Jane Bunnett The Spirits Of Havana: Amor por ti:
    https://www.youtube.com/watch?v=BiCwUkdRjWo

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