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    Salvador Muñoz
    Los Políticos
    Palmarejo no aparecía dentro de mi geografía personal hasta el sábado, que me pidió mi mujer que la acompañara a llevar a mi suegra a ese lugar. La señora iría a ver a un “huesero”, pero antes de que haga suposiciones, no busca cargo político alguno mi suegra, solamente tenía lastimado su brazo derecho.
    Desde hace algún tiempo la venía oyendo quejarse de que cualquier movimiento que hiciera con el brazo referido, le causaba mucho malestar. Hace algunos días, después de que una amiga suya le recomendó a un “huesero”, se animó a ir después de que sintiera que perdía el equilibrio en unas escaleras de caracol y se sujetara con el brazo lastimado sintiendo un “estirón”.
    Palmarejo, para que lo ubique el lector, se encuentra saliendo de la capital veracruzana hacia Veracruz, en el municipio de Emiliano Zapata.
    Para llegar a ese lugar, uno tiene que entrar por la terminal de Miradores y encaminarse a Rancho Viejo. Pasando esa comunidad, el siguiente poblado es Palmarejo.
    A ciegas, porque nunca habíamos ido, sino sólo por las pocas referencias que le dio la amiga a mi suegra, nos adentramos y tras preguntar en dos ocasiones, más o menos ubicamos la casa del “huesero”, cuando un niño se nos acercó y sin que mediara pregunta alguna de nosotros nos dijo:
    —¿Busca a don Emiliano? ¡No está! Salió hace como media hora…—Sabrás a qué hora regresa…
    —No…
    —¿Dónde vive?
    Su dedo señaló la casa de enfrente al tiempo de un “¡Allí!”.
    Le dimos las gracias al amable niño, quien nos soltó de bocajarro la pregunta:
    —¿No me va a dar algo?
    Mi esposa revolvió su bolsa y sacó unas monedas que entregué en la mano al chaval que salió corriendo.
    Nos estacionamos frente a la casa y decidimos esperar un tiempo prudente… Eran cerca de las diez de la mañana… cinco minutos allí y una camioneta se estacionó frente a nosotros y nos preguntó: “¿Está don Emiliano?”
    Tras nuestra negativa decidieron hacer lo mismo que nosotros… esperar…
    Y no bien habían pasado otros cinco minutos cuando atrás de nosotros, otro carro se estacionaba. Descendía un señor y antes de que nos preguntara, le decíamos que don Emiliano no estaba… y también, decidió esperar un momento… la paciencia se agotó pronto en ambas unidades que decidieron partir apenas diez minutos transcurridos… nosotros, creo, aguantamos otros diez más y partimos, con la convicción de regresar más temprano al día siguiente.
    Y así fue… eran las nueve de la mañana del domingo y ya tocábamos la puerta de don Emiliano cuando su sobrina, vecina de al lado, nos dijo que el tío había salido media hora antes pero que “no tardaba”, de acuerdo a lo que uno de sus hijos le había comentado… “salió en carro”. Preguntamos qué carro conducía y nos dijeron que un Tsuru blanco… entonces, nos apostamos en el carro en la espera de un Tsuru blanco…
    Diez minutos después, un hombre alto, arriba del 1.80, viejo pero aún fornido, acompañado de un joven y un niño, se acercó a la puerta y escuché que nos preguntaba algo como “¿esperan?” a lo que respondí que don Emiliano había salido y así era, lo esperábamos. Con una sonrisa de oreja a oreja me respondió: “Soy yo”… y entonces comprendí la pregunta que nos había hecho: “¿me esperan?”
    El carro, al parecer, lo habían llevado al mecánico…
    Nos hizo pasar a mi suegra y a mí a un cuarto (no me iba a perder el espectáculo de ver a la señora gritar cuando le acomodaran el brazo… tiene el umbral del dolor muy pero muy bajo). Tras explicarle su molestia, el hombre la sentó y él se sentó detrás de ella y tras inspeccionar con sus dedos el hombro, apretó en un punto y le dijo a mi suegra: “¿Le duele aquí?” y el grito de ella fue su respuesta. Para ello, ya estaba acomodado en una silla para ver la curación cuando me llama don Emiliano y me dice:


    —Me vas a ayudar a jalarle estos tres dedos (índice, medio y anular); tú estira pero no jales mientras yo trabajo…
    Extendí el brazo de la señora estirando desde sus tres dedos y el señor untó una crema a lo largo del brazo a la vez que con sus pulgares recorría la extremidad quejosa… los “ayes” de mi suegra fueron en aumento conforme se acercaba al hombro cuando de repente ¡lo sentí! al tiempo que decía don Emiliano “ya está”. Era como si algo hubiera caído en su lugar. El señor echó hacia atrás el brazo de la señora y ya no hubo nada que lo impidiera y al subirlo, tronó… ¡estaba curada!
    Y aprovechando el viaje, curó un tobillo que también traía “falseado”.

    Don Emiliano cuenta que a los 16 años descubrió que tenía ese “Don de Dios” cuando su hermano se dislocó el tobillo y él se lo acomodó. Después, cuando un albañil cayó de la construcción de la casa que habita y también lo curó. Su fama ha llegado a todos los rincones de Veracruz, y no sólo eso… platica que hace poco vinieron de Pachuca para llevarlo a curar a una mujer que al caer, se había lastimado cadera y pierna. Los médicos no pudieron hacer nada para curarla… él sí.
    Se levanta y sus 70 años a cuestas no los parece. Se mueve ágil y muestra unos yesos que le han dejado de recuerdo personas a las que ha curado.
    Estamos a punto de retirarnos y le preguntamos cuánto se le debe, a lo que nos responde que Dios le dio un Don para curar a sus semejantes y no podría cobrar por eso, “lo que sea su voluntad”…
    Por supuesto, mitigar el dolor y la molestia, no tiene precio y mucho menos la fortuna de conocer a seres extraordinarios, eso, sencillamente, no se puede pagar.
    Nos despedimos de don Emiliano y de su familia, que con sonrisas honestas, de ésas que son difíciles de encontrar a veces, nos dicen adiós.
    Dejamos atrás a Palmarejo, pero en mi GPS personal, ha quedado registrado.
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